Crónica fotográfica de un viaje por Irkutsk, Ulán-Udé y Baikal. Rusia

DSC01710Llegando al final de mi viaje por Rusia, después de casi un año de experiencias, me monto de nuevo en aquel tren soviético, ese tren que viaja lento, que recorre pueblos y ciudades, montañas y lagos, ríos y poblados… Y como no, hasta los rincones más olvidados.

Mi sofocante mochila, el calor y el barullo no lo hacía más fácil, así dispuesta, puse mis dos pies y mi cabeza, intentando mantener la calma, en uno de los vagones de tercera clase. El panorama que se me presentó, digno de describirlo, fue el siguiente: un pasillo alargado y estrecho lleno de maletas, de gente con fiambreras, otras roncando, abuelas haciendo crucigramas y un olor sofocante intenso, claro que se debía a  la mezcla humana.

Mi compañero y yo nos sentamos por fin, y de repente, voces de la nada salían por todas las esquinas, ¿cómo te llamas? ¿De dónde eres? ¿Qué haces aquí? Me fijé atenta que en el compartimento donde viajábamos, todos éramos extranjeros: georgianos, uzbekos y nosotros. Era evidente que nosotros éramos los más bichos raros. Eso sí, todos cooperativos, con sus mejores sonrisas y su curiosidad por entender qué hacíamos allí y cómo era nuestra cultura.

20170805_110311

Los amigos uzbekos en sus asientos del tren, posando para la cámara

Después de veinte horas, llegamos a Irkutsk. El humo de las fábricas y la contaminación del tráfico fue lo primero llamativo, la ciudad entró por mi nariz antes que por el ojo, naturalmente, además de porque el taxi que nos recogió, el cuál iba esquivando coches a una velocidad preocupante, como si se tratara de un juego de videoconsola, nos dejó en el hostal atravesando las calles donde se concentraba el tráfico más denso de la ciudad. Rápido dejé las cosas, saqué la cámara y nos dispusimos a andar calle abajo. ¡No es como Krasnoyarsk!, fue lo que pensé en primer lugar. El centro, lejos de ser estructurado y soviético, era caótico, repleto de edificios con historia de la época zarista, de madera y con una decoración muy detallada. A lo lejos, se podía divisar alguno soviético, aunque éstos últimos eran los menos, y una mezcla de etnias en los mercados de las calles, ricos en toda clase de frutas, secos y frescos, hacía de Irkutsk algo especial sin lugar a dudas. Sinagogas, iglesias ortodoxas y simbología budista… La multiculturalidad se va haciendo presente cada vez más hacia el Este de Rusia. Desgraciadamente, vi, una vez más, a las abuelitas rusas en sus puestos soportando el calor del mediodía para ganarse la vida. Una estampa típica de este país.

DSC01472

Sinagoga construida con madera

20170805_154544

Típico puesto de frutos secos, en el mercado central

20170805_154050

Las abuelas buscándose la vida en el mercado de la ciudad

Pero Irkutsk, como todas las ciudades rusas, tenía estampas predecibles, auténticas, entre lo viejo y lo nuevo, entre la historia soviética y la capitalista: estatuas y pinturas de Lenin por todas partes, aunque, si levantara la cabeza se volvería a acostar en su tumba sin rechistar, ya que, curiosamente, sus bustos suelen estar cerca de centros comerciales.

DSC01500

Estatua de Lenin en el parque principal de la ciudad

Siguiendo el mapa de nuestro recorrido, un tren diurno, de nueve horas, nos llevó hasta Ulán-Udé, la ciudad donde esa multiculturalidad de la que hablaba antes era todavía más evidente. El tren rodeó completamente el Baikal, un paisaje poético, de literatura, donde podías imaginar las bestias más impredecibles de aquel lago misterioso. Ulán-Udé, conocida por la cabeza gigante de Lenin, más bien parecía un pueblo, las casas de madera del siglo XIX todavía formaban los barrios que rodeaban al centro. Por su cercanía a Mongolia, los rasgos físicos ya eran, en un porcentaje bastante elevado, asiáticos, así como la religión budista predominaba frente a la ortodoxa. El ambiente era inspirador, toda clase de rusos y de creencias convivían entre aquellas cuatro paredes.

DSC01538

Casita de madera, con toques mongoles, y un edificio soviético a sus espaldas

DSC01506

Edificio en construcción basado en la arquitectura tradicional mongola

DSC01515

Cabeza gigante de Lenin en el centro de la ciudad

Dispuestos a verlo todo, nos montamos en un taxi que al poco paró porque el motor dejó de funcionar, en Rusia los coches no pasan ningún tipo de control, suelen estar viejos, escacharrados y malolientes… Finalmente, un compañero suyo nos llevó a la cima de la ciudad, donde más allá sólo había montañas. Un templo budista asomó impresionante. Era maravilloso la estampa de la ciudad desde lo alto.

DSC01547

Ulán-Udé al fondo

DSC01542

Desde la puerta del templo, un monje budista baja las escaleras dejando a Ulán-Udé al fondo como estampa de postal

DSC01569

Templo al fondo, mientras lo gris del cielo ganaba al azul, la tormenta se avecinaba pronto

Subimos las escaleras para ver el templo de cerca, sus colores maravillosos, sus pañuelos al viento son las plegarias a sus budas, la paz del sitio… Un escenario mágico.

DSC01588

Pareja paseando por el complejo

DSC01585

A las puertas del templo, turistas locales esperan en las escaleras

DSC01594

El templo por dentro

DSC01617

Pañuelos de colores, plegarias al viento

Pero no era el único sitio mágico que Ulán-Udé nos reservaba. A las afueras de la ciudad, tras pasar unas horas en furgonetas públicas que te trasladan hasta allí, entre lluvia y sol, un complejo de templos budistas se escondía entre la naturaleza siberiana, un sitio llamado Ivolguinski Datsan, donde descansa el cuerpo visible, en postura de meditación, del lama Dashi-Dorzho Itigilov, que en su día fue nombrado 12º Chambo Lama (líder espiritual de los budistas rusos).  La primera norma que nos dijeron al llegar: no hacer fotos dentro. Así, os enseño el exterior.

DSC01662DSC01664DSC01667DSC01669

Y cambiamos de tercio, nos montamos de nuevo en el transiberiano hasta Irkutsk, para que, al llegar, una furgoneta ilegal, ya que para nuestra sorpresa no había billetes en la estación de Autobuses, nos llevara hasta el Laigo Baikal. Aquello era puro, sin contaminación, donde el mar dulce se extendía sin miedo por aquel territorio. Tras un camino de baches, piedras y horas muertas, llegamos al pueblo de la isla del Baikal, Olkhon, una isla en mitad de aquel lago místico ruso. Khuzhir fue el pueblo donde paramos, el pueblo de la isla; de calles de tierra, casas de madera, coches antiquísimos, pescado ahumado y frito en cualquier puesto y muchos extranjeros.

DSC01710DSC01716DSC01717DSC01719

Para acabar, os dejo un reportaje de poquitas fotos sobre el puerto de Khuzhir, donde había un fábrica de pescado, ahora abandonada, y donde un mar de barcos sin dueños quedan descansando en la arena para la posteridad.

DSC01680DSC01686DSC01689DSC01693DSC01698DSC01701DSC01708

Anuncios

Un comentario en “Crónica fotográfica de un viaje por Irkutsk, Ulán-Udé y Baikal. Rusia

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s