Siberia y el Krai de Krasnoyarsk

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Siberia es infinita, indescriptible, boscosa, profunda… Una de sus regiones, el Krai de Krasnoyarsk, en el centro de Rusia a la altura de Mongolia, goza de extensiones y extensiones de naturaleza, pueblos y ciudades.

Pueblecitos escondidos entre las montañas, donde las nubes lloran a mares en verano y donde los relámpagos y los truenos descargan toda su ira, como si fueran cien tambores en mitad de la nada, retumbando en el eco mientras el sol lucha por ganar, con su calor y su bochorno, a la tempestad de la lluvia. La naturaleza sopla y resopla sin fin y sin piedad… Como en el poblado de Ovsyanka.

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El río Yeniséi, el quinto más grande del mundo, danza kilómetros y kilómetros a sus anchas, cabalga por las extensiones de Rusia, donde nos deja a su paso las ciudades siberianas, que como todas las que ofrece el país, las marca sus paisajes industriales y la idiosincrasia soviética.

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Llegamos hasta la ciudad de Krasnoyarsk, al Sur del Krai, donde la cámara capta la singularidad de su clima, sus calles y su gente. A pesar de los kilómetros, Rusia parece que aúna en la longitud de su territorio enorme una misma cultura, como si nada cambiara estés en donde estés, herencia del comunismo: el entramado de sus cables eléctricos en cada esquina, los edificios grises uno tras otro o la distribución arquitectónica de las calles y las avenidas. Pero es una falsa apariencia, este país contiene una diversidad cultural y humana enorme, donde en sitios como Krasnoyarsk se hace más evidente; rasgos de todo tipo y la convivencia de pueblos distintos.  Una tierra que la embellece su gente y su naturaleza. El río Yeniséi es un elemento fundamental del paisaje de esta ciudad, como también lo son sus montañas al fondo, sus cuervos piando por las mañanas o las manzanas anchotas y enormes, todas diseñadas con el mismo patrón. Sin olvidar cada una de las chimeneas en mitad de la ciudad que afloran la contaminación o los coches echando humo sin control. El yin y el yang, como siempre, Rusia.

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Sus babuchkas (abuelitas) tienen que trabajar duro cada día, la pensión no les llega para sobrevivir, por lo que pasan horas y horas en sus puestos de la calle, otras veces de pie, andando de esquina en esquina, vendiendo flores, libros o verduras al precio que sea.

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Las dachas, que así llaman los rusos a sus casitas de madera de antaño, la construcción típica de esta zona, por dentro desprenden aires del pasado, con esos muebles grandotes, austeros, sobrios y apagados. Con pocos lujos y muchas herramientas para el campo, así viven los siberianos cuando se trasladan a las montañas para huir del ruido y la contaminación.

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